LA VIDA TONTUNA CAPÍTULO UNO, FOFITO EN EL EJÉRCITO.
Monday, 21 de April de 2008 por Oscar
Tres días bastaron para que mis compañeros de reemplazo me pusieran este mote, así, sin conocerme de nada. Fofito, como el payaso de la tele. Yo siempre he odiado a los payasos, cualquiera que me conozca minimamente lo sabe. Es un odio visceral e incontrolable, por lo que os podéis imaginar como me sentí con aquel maravilloso apelativo. Pero no fue este, un apodo gratuito, para mi desgracia tenia su explicación.
Al tercer día de estar en el cuartel, los amables y dicharacheros sargentos instructores de los que me acuerdo casi a diario, decidieron hacernos correr, dando miles y miles de vueltas por el patio, todo esto bajo un sol de justicia, un detalle maravilloso sin duda.
En fin, como debe ser en todo buen mes de julio que se precie, El sol caía sobre el asfalto con gran entusiasmo, vamos que utilizando una expresión de lo más coloquial, os aseguro que se podrían haber frito huevos sobre aquella explanada de cemento. Pues bien, a lo que vamos. Cuando nos encontrábamos completando la vuelta seis millones, o lo que es lo mismo, cuando llevábamos algo mas de veinte minutos galopando, empecé a notar con angustia, como una parte de mi anatomía que por desgracia resulta ser especialmente prominente, abrazaba y recibía casi en exclusiva la totalidad de los rayos que desprendía el astro rey sobre mi persona. Aquella parte era mi nariz.
Veréis, mi cuerpo ha evolucionado durante todos estos años de una forma extraña y caprichosa. Mientras que el resto de las personas y los seres humanos de mi alrededor se desarrollaban gradual y uniformemente, en mi caso el crecimiento fue mas bien tirando a desordenado. Unas partes crecían a un ritmo y otras a otro muy diferente. Es como si mis extremidades no tuvieran relación ni parentesco entre ellas. Este es el caso de mis piernas que se estiraron y se estiraron haciéndome mas alto que el resto de los muchachos y muchachas de mi edad, y también de mi nariz, que a los dieciocho años ocupaba gran parte de mi cara, dejando poco espacio para el resto de órganos habituales en una cabeza humana.
Pues esta nariz mía alegres lectores, recibió el castigo del sol casi por completo ese día, y adquirió al final de la jornada un aspecto rojizo y amorcillado que recordaba (siempre según el criterio de mis alegres compañeros), la naricilla de un simpático payaso, claro, el aspecto era gracioso, pero y lo que me escocia, y lo que sufrí al ver a aquel ente polimórfico ya de por si gigantesco hacerse el doble de voluminoso. Con aquel color rojo nuclear que palpitaba amenazando estallar y llenarlo todo de nariz a mí alrededor. Pasaron días antes de que la tocha recobrara su aspecto normal siempre bajo la atenta y divertida mirada de mis camaradas. Que majetes, Fofi te llamaremos, que alegría, que jolgorio, que mal nacidos hijos de la gran puta.
Extrañamente, poco a poco y contra todo pronóstico, la cosa se tranquilizo. Gracias a mi gran personalidad y mi enorme don de gentes, logre hacer buenos amigos incluso entre los reemplazos superiores al mío, esquivando de esta manera las desagradables novatadas a las que eran sometidos mis compañeros de promoción sin piedad. Parecía que todo iba a ir bien después de todo, y digo bien, solo lo parecía.
Llevaba ya casi un mes en el ejército de tierra español. Volvía al cuartel después de un agradable permiso de fin de semana, con el que los mandos pertinentes, nos habían obsequiado por nuestra buena conducta, desgraciadamente yo llegaba tarde. Bajé del autobús como alma que lleva el diablo y corriendo rápido como una saeta me encamine a toda prisa hacia mi acuartelamiento situado bien lejos de la parada, en la carretera de Extremadura, con tan mala suerte que al bajar por el paso subterráneo que servían para cruzar al otro lado de la vía, me torcí el tobillo y caí rodando prácticamente la totalidad de los peldaños que conformaban la puñetera escalera. Supongo que fue una caída espectacular, pues al incorporarme de un ágil saltito, descubrí que una pareja con un bebe en brazos me observaban maravillados y agradecidos por el grandioso espectáculo tipo Hollywood con el que les acababa de obsequiar, solo les falto aplaudir. Sin mediar palabra y sin reparar en el dolor que en ese momento se me antojaba débil, seguí corriendo hasta adentrarme en el cuartel en un tiempo record, llegando, aunque por los pelos, al toque de retreta y a la formación, superando la prueba y evitando ser arrestado. Aquella noche me acosté totalmente orgulloso de mi envidiable forma física, mi capacidad de sacrificio y mi afán de superación.
A la mañana siguiente tenia el tobillo hinchado como una pelota de básket, y el dolor resultaba ser de verdad insoportable. Como si cien millones de señoras, cien millones de señores y cien millones de bebes me clavaran cien millones de clavos ardiendo a mala leche y al unísono, riendo y festejando. Era consciente de que mi estado era debido en gran parte a la absurda carrerita del día anterior con lo que la sensación de estupidez rondaba mi cerebro como una mosca cojonera. Después de convencer al sargento Gamarra y al teniente Ruperez de que aquello no era una treta para saltarme las clases de gimnasia, ambos accedieron a que visitara el hospital militar Gómez Ulla junto a otros muchachos también malheridos por unos u otros motivos de los que mas adelante hablaremos.
Aquel no fue mas que el comienzo de mis desgracias, al llegar al hospital, la enfermera (una señora de dos metros con la cara de Steven Seagal y la voz de Constantino Romero) sin mediar palabra comenzó a colocarme en el pie, desde debajo de la rodilla, hasta el nacimiento de los dedos, metros y metros de venda elástica. En un momento dado la señora se detuvo en su trabajo, y pregunto si la venda estaba demasiado prieta, al contestar yo humildemente que SI, la matarife me insto con cavernosa voz a que me callara, alegando que la pregunta se la hacia al capitán militar allí presente. ¡Que coño sabrá ese tío si la venda me aprieta o no!, ¡si esta sentado en un sillón a mas de cuatro metros de distancia calzado con unos puñeteros zapatitos de charol!, pensé acojonado para mis adentros, mientras el agresivo mutante vestido de enfermera continuaba con la ardua labor de cortarme la circulación sanguínea, a la vez que en el titánico esfuerzo se le hinchaba la vena del cuello tipo Maria Patiño.
Por fin la enfermera Seagal termino su trabajo satisfecha y sudorosa, y tras darme unas palmaditas en la espalda que me dejaron prácticamente sin respiración, me coloco en el autobús de vuelta a mi añorado cuartel con unos antigripales como premio en el bolsillo. Ah amigos, que diabólica desgracia se estaba gestando, que calamidad sin parangón. Por aquel entonces yo desconocía mi terrible alergia al Tensoplast, o lo que es lo mismo, al adhesivo de la venda elástica.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
Eres el crack..echábamos de menos tus comentarios en el blog.
Fofito…