El Justiciero de Villaverde.
Wednesday, 16 de January de 2008 por Oscar
Hola personas:
La mayoría de los seres humanos vivirán toda su vida en la creencia de que los súper héroes no existen más que en los comics o en las películas, que son producto de la imaginación de algún mal autor, que incapaz de hablar o escribir sobre algo serio, se ven obligados a tratar este género con mayor o menor fortuna. Pues bien amigos, yo puedo decir que conocí a un Súper héroe y que viví junto a el una de sus aventuras, que son reales y que se encuentran entre nosotros, hoy voy a hablaros de el, voy a hablaros del JUSTICIERO DE VILLAVERDE.
Corría el mes de noviembre de 1992 año más año menos, y me encontraba yo repartiendo las páginas amarillas por los hogares madrileños, de casa en casa, de puerta en puerta. Era una castaña de trabajo, muy cansado y muy cansino, pero era lo que había, por que yo, por aquel entonces amigos, era una persona sin oficio ni beneficio. Pero no estaba solo, junto a mi había otras personas también sin oficio y también sin beneficio.
Teníamos hasta una furgoneta, amarilla, pero una furgoneta al fin y al cabo. Éramos seis y formábamos un gran equipo de trabajo, me gustaba imaginar que éramos una especie de equipo A del reparto:
Martinelli, era el conductor y líder del grupo. Le llamábamos así, por que siempre nos decía que algún día, si trabajábamos duro, llegaríamos a donde el había llegado, que conduciríamos nuestro propio furgón de reparto y podríamos comprarnos unos Martinelli como los suyos. Nunca supe que eran unos martinelli, pero sonaba fascinante. Estaba Ambrosio, que tenía la sana costumbre de gastarse toda la pasta que sacaba de las propinas (que por lo general era más abundante que su sueldo) en mandanga de la buena. Utilizaba la hora de la comida para ponerse fino filipino en la parte trasera del furgón y luego no se le entendía cuando hablaba, pero era un tipo muy majete. El legionario, que presumía de tener un tatuaje en el miembro viril, y no dudaba en enseñárselo a todo el mundo cuando estaba borracho, se encontrase donde se encontrase. El Bigotes, un putero confeso y orgulloso de serlo amante del buen vino. Estaba yo que era el benjamín del grupo y por ultimo un hombre grande como una montaña, un auténtico luchador de sumo, enorme, una panza andante gigantesca toda grasa y músculo, el Justiciero de Villaverde. Es en este último personaje en quien voy a centrar mi relato.
Éramos tan buenos repartiendo por las calles de esta, nuestra gran ciudad, que nos ofrecieron trasladarnos a Barcelona como grupo de apoyo. a si que después de una democrática asamblea, ni cortos ni perezosos, nos plantamos allí con nuestra furgoneta amarilla. Buscamos alojamiento en uno de los hostales mas baratos y mugrientos del barrio chino (donde todos parecían encontrarse como en casa) y empezamos a trabajar.
El Justiciero (que siempre había sido un poco vago todo hay que decirlo), por aquel entonces empezó a mostrar una actitud inquietante, el cabrón definitivamente se descubrió mas holgazán que nunca, vamos que se podría decir, hablando en plata, que no daba un palo al agua.
Un día el tío no repartió ni una sola guía de teléfonos, Cuando Martinelli le pregunto amablemente el por que de su desagradable actitud, el contó una historia que en aquellos momentos nos pareció a todas luces inverosímil. El muchachote aseguraba que en el reparto matutino, al llamar a una de las puertas, le habían abierto los mismísimos Faemino y Cansado, que le habían invitado a entrar en la casa y que se había tirado todo el dia allí con ellos, viéndoles ensayar su número y bebiendo wiskey del caro. Nadie le creyó entonces, excepto en lo del Jack Daniel´s, pues el Justiciero echaba un pestazo a las cinco de la tarde que tiraba de espaldas.
Llevábamos un mes en la ciudad condal, y aquella criaturita seguía tocándose los genitales a dos manos. Además, no paraba de bombardearnos con sus historias, Contaba que en su barrio el era el rey, que era el azote de los maleantes y que no existía un lugar mas seguro para la infancia y la tercera edad que los alrededores de su morada. Empezábamos a perder la paciencia, sobre todo Martinelli que se estaba planteando muy mucho el mandarle de nuevo a su puñetero y añorado pueblo. Hasta que un dia sucedió algo que nos abrió a todos los ojos para siempre.
Comíamos en un bar restaurante presuntamente climatizado en la zona más grasienta de la ciudad, cuando empezamos a escuchar unos gritos angustiosos, desgarradores. Al mirar hacia la calle, observamos como tres maleantes atacaban furiosamente a una pareja de japoneses con el objetivo de sustraerles una cámara de esas súper modernas último modelo. El nipón se agarraba al preciado objeto como una lapa, mientras su compañera chillaba de espanto en el idioma del sol naciente, lo que no hacia mas que enfurecer a los tres desaprensivos que le golpeaban cada vez con mas saña. En ese momento el terror de los dioses del olimpo pareció desatarse, truenos y relámpagos, El Justiciero soltó un terrorífico bramido, y Como un resorte sus ciento cuarenta kilos se volvieron roca y volaron a toda prisa hacia el exterior del local. A través de la cristalera pudimos observar como aquella fuerza de la naturaleza comenzaba a repartir bofetadas a diestro y siniestro. Entre los alaridos en japonés y la lluvia de hostias aquello parecía una partida del Street Fighter.
No dábamos crédito, los tres delincuentes parecían peleles, El justiciero agarro a uno de ellos por la pechera y alzo su mano abierta, (que digo mano, mas bien manojo de pepinos) cruzando la cara del infeliz una y otra vez. –Yo francés- repetía el marginal con los ojos perdidos en el horizonte mientras recibía en ambos carrillos –yo francés-, el maleante solo podía mover las pestañas, supongo que el dolor era insoportable, su cara comenzaba a adquirir un preocupante tono rojizo chillón. El Justiciero reía poderoso, uno de ellos se le acercó por la espalda recibiendo un lustroso codazo en los dientes, imagino que el pobre diablo en aquel momento, perdió la capacidad física de volver a hablar con la letra R. No se si fueron alucinaciones mías, pero aquella criatura mitológica pareció iluminarse, resplandecer de puro poder. Por fin, decidió soltar a su maltrecha victima y encararse con el tercero de los malhechores que le amenazaba con un arma blanca. – ¡suelta esa navaja o te la comes!!!- sabíamos que aquello no era una frase hecha, era una declaración de intenciones en toda regla, el puño de nuestro héroe impacto contra la cara de su antagonista con un espantoso crujido haciéndole volar varios metros como un muñequillo. Antes de tener conciencia de lo que le había sucedido y mientras observaba dientes bailar traviesos a su alrededor, fue levantado del suelo y arrojado sobre el capo de un coche. La mole humana soltó un rugido se golpeo el pecho y el ladrón tembloroso soltó la navaja sollozante –no me pegues mas, no me pegues mas- dijo con lagrimas en los ojos mientras recomponía sus huesos desencajados. El vencedor alzo los brazos cual Rocky Balboa y volvió a soltar un gutural sonido que espantó hasta a las palomas, mientras, los tres malhechores, corrieron calle abajo chillando de dolor y pánico, pero felices de seguir con vida.
La japonesa le abrazaba y le daba besos, el japonés le abrazaba y le daba besos, nosotros le abrazábamos y le dábamos besos. Todo era felicidad y triunfo. La gente del barrio, desde sus balcones aplaudía y vitoreaba, ¡héroe, héroe!!. Le gritaban y le lanzaban rosas mientras el Justiciero les dedicaba una reverencia. Aquel día no volvimos al trabajo, solo celebramos las hazañas de nuestro nuevo ídolo con buen cava catalán, ¡como debe ser!!!!.
Por cierto, unos días después de tan heroica hazaña, preparados ya para regresar a nuestros hogares en Madrid y despedirnos unos de otros para siempre jamás. El Justiciero de Villaverde revelo un carrete de fotos extraído de una cámara desechable. En aquellas instantáneas que nos enseño a todos orgulloso, además de la sagrada familia y el Tibidabo, aparecía el, con otras dos personas de nombre Faemino y Cansado, riendo y tomando Wisky divertidos y dicharacheros.
“…aquella criatura mitológica pareció iluminarse, resplandecer de puro poder.” jajajajjajajajajaja, me imagino al paisano, con aspecto de mecánico de barrio, de esos a los que nunca terminas de entender cuando te hablan con el palillo en la boca, grande, panzudo y sudoroso, con el mono desabrochado hasta casi el ombligo, con unas manazas que parecen racimos de plátanos de esos gordacos, en plena escena tipo “300”… en cámara lenta y to, golpeando enemigos sin compasión mientras salpican los chorretones de sangre y la cuidada iluminación le da un halo místico de guerrero indestructible… el Rey Leonidas es un flojo a su lao!!!!… fiuuuuuuu… QUE GRANDE!!!
Ole y ole por el justiciero! de VILLAVERDE tenia que ser! viva las gentes de los pueblo del Sur!viva la Villa Verde!
¡jajaja! ¡¡no puedo con mi vidaaaa!
¡Qué buena esta historia! …al final ya no me parece un señor obeso que se toca sus partes pudientes cuando debe y cuando no mientras el resto de sus compañeros de trabajo se comen el curro que él no saca. No parece un alcohólico que, harto de su frustrante vida se ha convertido en un brasas que se inventa historias que no se cree ni Perry Mason. Ahora me parece un tipo entrañable y poderoso con una enooorme y ergonómica barriga, totalmente risueño y espachurrable dispuesto siempre a ejercer la justicia (pegar a los malos, estafar a las páginas amarillas, salvar a los turistas japoneses (o de donde sean), etc) y que, debido a su dura vida llena de experiencias increibles, no ha tenido más remedio que curtirse para sobrevivir intentando que todos a su alrededor aprendan con ello. En definitiva, una mezcla sudorosa y sorprendente entre Papá Noel y Batman. Un Cálico Electrónico en tamaño maxi que me ha dejado loca ¡viva el Justiciero de Villaverde!