El mal rey y la princesa cabezota.
Sunday, 8 de June de 2008 por Oscar
Existía hace mucho mucho tiempo, un reino de ensueño, regentado eso si por un rey muy cabezota. Este monarca era además padre de una niña preciosa, alegre y bondadosa, aunque también, dicho sea de paso, resultaba ser extraordinariamente testaruda.
A pesar de que el trono estaba ocupado por un cabezota, en aquel reino mágico todo el mundo era muy muy feliz, porque la princesa, además de ser preciosa, alegre y bondadosa tenia un don muy especial que la hacia única. La luz de sus ojos era tan radiante y mágica, que iluminaba todo el territorio hasta el mismo océano, haciendo coexistir a las humildes gentes del lugar en paz y armonía.
Pero un nefasto dia en el que el monarca estaba aburrido y solo, hizo llamar a su hija la princesa para no sentirse así ni tan aburrido ni tan solitario.
Le propuso un juego: cerraras los ojos y yo daré tres golpes sobre esta mesa de roble, si durante la ejecución del tercer golpe, aún permaneces con los parpados cerrados, recibirás una monedita de plata.
La niña acepto el reto y cerro los ojitos, el Rey ejecutó los dos primeros golpes en la superficie de madera, pero en un acto que en ese momento considero de gran inteligencia, se guardo el tercero reposando satisfecho sobre el respaldo de su trono de oro.
-¿Y ahora que? Pregunto el Rey, -acabo de ganarte-, -yo no voy a tocar de nuevo la mesa, y tú tendrás en algún momento que ceder ante mi ingenio- a lo que la princesa le contesto: -ahora padre mío, yo no podré abrir los ojos hasta que no ejecutes el tercer golpe sobre esta mesa de roble, en ese momento, y no antes, abriré de nuevo los ojos.
Y así, en esta situación, sin que ninguno de los dos diera su brazo a torcer, pasaron primero los días, luego las estaciones, mas tarde los años y al final las décadas sin que la princesa dejara libres sus pupilas a la luz. Abandonando a su pueblo en la oscuridad, en la tiniebla, sin un motivo importante.
Por culpa de un mal gobernante que les privo de su más preciado y necesario tesoro simplemente por un juego, el pueblo sufrió un largo periodo de calamidades sin sentido. Tuvo que olvidar al caprichoso monarca y a su cabezota hija, aprendiendo en la necesidad a valerse por si mismo. Dejaron aquellas tierras, abandonando al Regente y a su princesa en su absurdo pulso de poder.
Al final el rey, viendo que llegaba su hora, en un momento de lucidez, llamo a la princesa a la que desde hacia años no había vuelto a ver a pesar de habitar el mismo palacio. Esta, que no había dejado de llorar ni un solo instante, egoísta en su desgracia, se había transformado en una anciana fea, amargada y caprichosa. Frente a la deteriorada y vieja mesa de roble, el moribundo monarca observo con dolor en lo que se había convertido su preciosa heredera. El anciano, por fín cedió arrepentido, Dio el tercero de los golpes, perdiendo y poniendo fin así a la absurda apuesta.
La princesa bailó y cantó entonces feliz por un instante, y tras su celebración abrió los ojos con dificultad, descubriendo horrorizada, que de no usarlos, por no haberlos dejado libres en tantísimo tiempo al viento, por la humedad y la tristeza, por la falta de luz, se encontraba totalmente ciega. Sus antaño preciosos iris, habían perdido el color azul del mar y se habían vuelto oscuros en su totalidad como la negra noche, sin poder para volver a iluminar.
Ya era tarde, el rey, totalmente consciente de sus errores, antes de fallecer. Solo pudo ver su reino terminar de desmoronarse por completo debido a su nefasta gestión. Su hija se alejó lentamente torpe en su ceguera, para encerrarse en la torre mas alta de palacio y morir allí, de tristeza, como un leve recuerdo de lo que una vez fue.
Siglos mas tarde, cuando los nuevos habitantes de la región encontraron ocultas en el frondoso bosque las ruinas de un magnífico castillo, se adentraron en ellas con curiosidad. Y en su aventura encontraron un salón que seguro fue resplandeciente, y en el centro, sobre una antigua mesa de roble junto a un majestuoso trono, el recuerdo amargo de una apuesta ganada, una reluciente monedita de plata.
¡¡Que historia tan buena!!
Y que gran verdad encierra…
¡Muchas gracias por compartirla!
De nada amigo Nacho